Héroes de la Independencia

Perfiles biográficos

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Mariano Antonio de Echazú

El abogado Mariano Antonio de Echazú, que presidía el Cabildo en 1810 representó la más profunda idiosincrasia americana y se constituyó en la primera figura del movimiento emancipador de su tierra natal.

Nació en la villa de San Bernardo de Tarija el 23 de enero de 1762. Estudió en Real y Pontificia Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca, se graduó de Bachiller en Cánones en 1783 y en 1786 obtuvo el grado de abogado.

Cuando retornó a la villa en 1798 fue elegido Asesor General del Cabildo de Tarija; en 1799 alcalde de segundo voto, luego alcalde de primer voto, función que ejercía cuando estalló el movimiento libertario de Buenos Aires y que le permitió residir el Cabildo Abierto de 18 de agosto de 1810 que se pronunció a favor de Revolución de Mayo.

En razón de que, al mismo tiempo, ejercía la función de Comandante de Armas de Tarija, al aproximarse el primer Ejército Auxiliar que comandaba el coronel Antonio Gonzales Balcarce, organizó un destacamento de 600 hombres fue marchó para apoyar a la fuerza argentina que participó de la victoria de Suipacha, Cornelio de Saavedra, presidente de la Junta de Buenos Aires, al Dr. Echazú por su celo y patriotismo.

Años más tarde se radicó en Salta donde fue nominado miembro del Cabildo  En 1825 fue electo diputado por Tarija y Padcaya a la Honorable Junta Provincial de Salta y miembro de la Junta electoral que tenía la misión de elegir el diputa­do de Tarija al Soberano congreso Constituyente de Buenos Aires. La Junta le calificó de benemérito ciudadano; luego fue nombrado asesor del gobernador José de Gorriti. En 1833 fue ministro secretario interino y juez comisionado del gobernador Pablo Alemán.

Se radicó en Bolivia en 1834 y murió en 1846.

José Antonio de Larrea

Nació en Tarija. En 1801 era regidor del Cabildo de su villa natal; en 1802 fue nombrado subdelegado interino, confirmado en 1804; en 1803 asumió el comando del Regimiento de milicias de Caballería de Tarija hasta 1810, año en el que se e confió la comandancia de Armas de Tarija por delegación del titular teniente coronel Gonzales de Villa, que se encontraba enfermo.

Participó del Cabildo Abierto del 18 de agosto de 1810 y el día 20 firmó el oficio que el Cabildo dirigió a la Junta Gubernativa de Buenos Aires, en el que le daba cuenta del reconocimiento y obediencia que el pueblo de Tarija le había crestado, de la elección del diputado Pérez de Echalar y del movimiento de tropas enemigas que se observaba pidiéndose, en consecuencia, refuerzos militares.

El 29 de agosto firmó otro oficio por el que se informaba al gobierno patrio el reconocimiento y obediencia que había prestado el marqués del Valle de Tojo y anticipaba la existencia de movimientos de tropas enemigas en Tupiza. Se dejaba constancia de que este pueblo acreditará su fidelidad, apurando para su defensa todos medios que estén a su alcance.

Bajo las órdenes del alcalde Mariano Antonio de Echazú y como parte del contingente de seiscientos hombres que se formó en Tarija se dirigió a Mojo, donde la tropa fue incorporada a la vanguardia del Ejército Auxiliar del Perú que mandaba el coronel Gonzales Balcarce. Se le confió el mando de las tropas tarijeñas y estuvo en el contraste de Cotagaita y en la batalla de Suipacha, acción en la que tuvo una destacada actuación.

El comandante Luciano Montes de Oca, que era su compañero de armas, en 9 de agosto de 1811, informó al gobierno de Buenos Aires que a Larrea se le debió mucha parte de la gloriosa victoria. El Primer Triunvirato le otorgó el 9 de octubre de 1811 el grado de teniente coronel de Ejército.

El 24 de mayo de 1811, como vecino principal de la villa firmó el Petitorio que el pueblo tarijeño elevó al gobierno de Buenos Aires.

En septiembre de 1811 fue juez presidente de la Comandancia de Armas, situación desde la cual convocó a los principales jefes militares de la región para deliberar sobre la mejor forma de llevar la guerra en contra de España. Como resultado del Consejo de Guerra se aprobó un plan de operaciones militares para que sea coordinado con el resto de las regiones del virreinato del Río de la Plata, sostenido económicamente por el gobierno de Buenos Aires.

José Julián Pérez de Echalar

El Dr. José Julián Pérez de Echalar fue el político tarijeño más eminente durante el movimiento emancipador del Río de la Plata. Por su clara inteligencia, sus principios, su sólida formación profesional, su ponderado criterio y sus dotes de diplomático, llegó a ocupar en Buenos Aires en un determinado momento histó­rico, las más encumbradas funciones políticas y administrativas. Con justicia se ha dicho de él que fue una de las figuras más ilustres de la historia tarijeña.

Nació en Tarija el 16 de febrero de 1780, hijo de Juan Pérez de Estrada del reino de Galicia, miembro del Ayuntamiento y de Agustina Echalar Ichazo, ambos síndicos del Convento de San Francisco de Tarija.

Entre los miembros de esta familia hubo ilustres personalidades como don Ildefonso Echalar Ichazo, el presbítero que bautizó a su sobrino José Julián y que más tarde fue nombrado canónigo magistral de la Catedral de Chuquisaca. El Dr. Vicente Anastasio de Isasmendi y Echalar y el coronel Nicolás Severo de Isasmendi y Echalar, el primero deán de la Catedral de Salta y el segundo gober­nador de esa provincia eran primos del prócer tarijeño. José Antonio Larrea de meritoria actuación política y militar en la villa, estuvo casado con su hermana Fulgencia Pérez de Echalar.

Vicente Osvaldo Cutolo, al referirse a José Julián Pérez dice: “Por rama materna fue genealógicamente primo hermano de los americanos Isasi y Echa-mendi Echalar, radicados en Salta, encomenderos y figuras de primer plano. En cambio, por línea paterna era primo hermano del acaudalado comerciante vasco que moraba en Buenos Aires, don José Santos de Inchauguerry y Pérez”.

Tomás O’Connor d’Arlach expresa: “La alta alcurnia y considerable fortuna de la señora Echalar y el inmenso amor que profesaba a su hijo, permitiéronle criarlo rodeado de todas las comodidades y regalías a que podía aspirar el hijo del más opulento hidalgo de aquellos tiempos”. Añade: “Era de bella presencia, regular estatura más alto que bajo, airoso porte, fácil y elocuente palabra, honrado y nobilísimo carácter, genio alegre y expansivo”.

Después de concluir los primeros estudios en su tierra natal, José Julián Pérez se trasladó a Chuquisaca para alcanzar su formación profesional. En la Universi­dad Real y Pontificia de San Francisco Xavier primero se graduó de bachiller en cánones y en 1799 obtuvo el título de abogado de la Real Audiencia de Charcas. En ambas carreras alcanzó el grado de doctor.

En Chuquisaca estableció amistad con jóvenes contemporáneos suyos que tiempo después llegaron a posiciones relevantes, entre otros, Bernardo Montea-gudo, Manuel María del Barco y Crispín Diez de Medina.

Obtenidos sus títulos profesionales, retornó a Tarija donde fue cálidamente recibido. Convertido en la principal figura intelectual fue el portavoz de las nuevas ideas que conducirían a la emancipación. En los salones de la sociedad tarijeña, centro de tertulias, cultivó su vena poética que al decir de Heriberto Trigo Paz escribió himnos de redención. Es el primer poeta tarijeño épico-patriota.

La profesión de abogado empezó a ejercerla en Tarija y Jujuy, ciudad ésta en la que, el 23 de febrero de 1810, contrajo matrimonio con Josefa Margarita de Zegada y Rubianes, hija del coronel Gregorio de Zegada y Velloso y de María Mercedes Rubianes y Liendo. Alternaba sus ocupaciones profesionales con estadas en la propiedad rural de Cajas, en el actual departamento de Tarija.

Su prestigio se extendió a Salta, pues cuando se produjo en Buenos Aires la Revolución de Mayo y se tuvo conocimiento de ella en el interior del virreinato, el deán de la Catedral de esa ciudad, doctor Vicente Anastasio de Isasmendi y Echalar que conocía a José Julián Pérez como hombre de conciencia y prudencia, destacó un chasqui desde la sede de sus funciones, el 12 de junio, para consultarle sobre la actitud que fuera conveniente para que asumiera el gobernador interino de esa provincia coronel Nicolás Severo de Isasmendi y Echalar frente a los sucesos acaecidos en España como consecuencia de la invasión napoleónica y la posible repercusión que alcanzaría en América.

A manera de respuesta, Pérez de Echalar envió a quienes formulaban la consulta una copia de la Memoria que, basada en principios de Derecho Público, había escrito el doctor Juan Ignacio Gorriti en la que sostenía que la autoridad de los virreyes y demás mandatarios de la Corona había caducado de hecho desde que había dejado de existir la autoridad de quien dependían.

Cutolo dice: “El parco pero definitivo gesto del Dr. Pérez, que favoreció al posterior pronunciamiento de Salta a favor de la Revolución de Mayo, demostró las inequívocas simpatías del consultado ante las nuevas ideas, como así también con los móviles y doctrina suareciana que avaló el pronunciamiento revolucionario autonómico que se venía gestando en los reinos hispanos de la América del Sur. Con posterioridad el jurista se reintegró, casi inmediatamente, desde Jujuy a su Tarija natal. Allí, en su jurisdicción fue fervoroso partidario de las noticias de la Revolución de Mayo”.

Fue figura principal del Cabildo Abierto que el 18 de agosto de 1810 se cele­bró en Tarija, donde fue elegido diputado por abrumadora mayoría y aclamación del pueblo, para asistir al Congreso General de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

En Jujuy también se habló de su nombre para que asumiera la representación parlamentaria por esa ciudad donde tras los comicios del 4 de septiembre resultó electo el presbítero Dr. Juan Ignacio Gorriti.

El prestigio que José Julián Pérez de Echalar tenía en Tarija, Jujuy y Salta, se prolongó a Buenos Aires y se lo aprecia desde su participación en la célebre reunión del 18 de diciembre, en la cual se decidió la incorporación de los diputa­dos del interior a la Junta de Gobierno, en la que se destacó como figura política. Su contemporáneo Ignacio Núñez expresó: “Los diputados por lo general eran personas de juicio que habían aceptado este encargo con las más sanas intenciones; pero sí sobresalían entre ellos como capacidades de nota entre los pueblos del interior el deán de Córdoba doctor Funes, el doctor Pérez de Tarija, el doctor Molina de Mendoza, el doctor Gorriti de Salta (sic) y aun el doctor Cossío de Corrientes, los demás formaban vulgo en materia de conocimientos y experiencia de los negocios públicos más comunes”.

Mariano Moreno, Secretario de la Junta que se había opuesto tenazmente a la incorporación de los diputados a la Junta Gubernativa, cuando su posición fue derrotada con el voto mayoritario de los miembros de ese órgano, más los votos de los representantes del interior, liderados por el deán Gregorio Funes; formuló el 18 de diciembre renuncia de su cargo el que, en su reemplazo, fue ocupado por algunos días por el tarijeño José Julián Pérez.

Suscribieron la resolución José Moldes, Presidente e Hipólito Vieytes, Di­putado Secretario.

En Buenos Aires, alejado de la función pública tras un destacado y prolongado desempeño que se apreciará en páginas posteriores, se dedicó al ejercicio de su profesión de abogado con el mismo éxito de jurista que tuvo en Tarija y Jujuy.

Su salud sufrió un agudo deterioro. En junio de 1834 “fue asilado en el hospital general de hombres por haber perdido las facultades mentales; el gobierno en reconocimiento y consideración a los recomendables servicios que había prestado al país, resolvió otorgarle una asignación, que poco después la retiró, en razón de la prolija asistencia que le prestaba su apoderado D. Francisco Berdier”.

José Julián Pérez de Echalar murió en Buenos Aires en agosto de 1840. La| solemnes exequias fueron oficiadas en el templo de San Francisco el día 26 de dicho mes.

Ramón Rojas

Hijo de Cipriano Rojas y Bárbara Jirón nació en Tarija en noviembre de 1753 fue el primer guerrillero de la región. Organizó montoneras, llegó a ser uno d los jefes más temibles y prestigioso de ellas. Con el grado de teniente coronel comandó el regimiento de Dragones Infernales. En 1814 proclamó la libertad Tarija, cuando en el Alto Perú se realizaban acciones dirigidas por José Miguel Lanza, Vicente Camargo y Ascencio Padilla.

Ocupó Tarija en reiteradas veces y resultó triunfante en diferentes combates con los realistas. El 5 de abril de 1816 salió al encuentro del general Pedro Antonio de Olañeta que conducía fuerzas superiores en número y armamento. En las inmediaciones de la villa, en el lugar conocido como Las Barrancas, murió en sangriento combate por la causa que había abrazado en 1810. Tarija lo cuenta entre sus hijos más ilustres.

Manuel Rojas, sobrino de Ramón, apodado Rojitas, fue quien reorganizó las dispersas tropas después de los sucesos del 5 de abril con las cuales formó una fuerza de caballería con la que se batió con bravura en los tiempos siguientes. En sus audaces correrías fue sorprendido cerca de Concepción donde los enemigos lo capturaron y degollaron.

El coronel Gabino Ibáñez

El tarijeño Gabino Ibáñez figura entre los próceres del movimiento emancipador del Río de la Plata.

El 25 de febrero de 1804 abrazó la carrera de las armas con su incorporación al Regimiento de Milicias de Caballería de Tarija; de esta manera dio inicio a una activa participación en la vida pública de la villa de San Bernardo. Figuró entre los vecinos notables que en el Cabildo de 18 de agosto de 1810, eligieron a José Julián Pérez de Echalar diputado al Congreso de Buenos Aires.

Vicente Cutolo hace una relación de la carrera militar de Gabino Ibáñez en el Ejército argentino; refiere su incorporación al Ejército Auxiliar donde fue ascendido a teniente de Caballería. En esa condición participó de la batalla de Guaqui. Estuvo en el combate del Río de las Piedras (1812), en las batallas de Tucumán (1812) y en la de Salta (1813), en las que ganó gran aprecio de parte del general Manuel Belgrano.

Como capitán graduado comandó una de las secciones de los dos escuadrones de Dragones que bajo la conducción de Diego González Balcarce fue la reseña del ejército de Belgrano. En mérito a su distinguida conducta había sido ascendido a capitán del Regimiento de Dragones; luego nombrado sargento mayor graduado de ese cuerpo.

Belgrano, el 30 de agosto de 1816, designó a Gabino Ibáñez teniente gober­nador y comandante de armas de Santiago del Estero, cargo que asumió con la oposición de Juan Bautista Borges que logró derrocarlo del gobierno. Cuando el usurpador fue derrotado por Gregorio Aráoz de la Madrid, Ibáñez fue repuesto en sus funciones las que ejerció hasta el 27 de diciembre de 1817. Borges fue fusilado por orden de Belgrano en virtud de la disposición del Congreso que condenaba a la pena de muerte a los cabecillas de cualquier rebelión armada.

En 1817 fue graduado teniente coronel de Caballería de Línea. En enero de 1818 nuevamente fue designado gobernador de Santiago del Estero, posición que ocupó hasta 1820.

En dos oportunidades hizo empréstitos al gobierno en 1816 y en 1825. Concluida su carrera militar Gabino Ibáñez retornó a su tierra natal y junto a Bernardo Trigo y a Eustaquio Méndez participó del movimiento que en 1826 dio lugar a la incorporación de Tarija a la República de Bolivia.

En 1831 fue elegido diputado por Tarija y en tal condición firmó la Consti­tución Política del Estado que fue promulgada por el mariscal Andrés de Santa Cruz. Por segunda vez fue elegido diputado nacional por el mismo distrito, re­presentación con la que concurrió a la legislatura de 1839.

El marqués del Valle de Tojo

Juan José Fernández Campero, cuarto marqués del Valle de Tojo, es una figura prócer de la historia de Tarija, donde poseía gran parte de sus propiedades que, desde Tojo que dio origen al nombre de su título, se extendían hasta el actual Norte argentino y llegaban al límite con Chile. En la villa de San Bernardo pasaba prolongadas estadas con participación activa en la vida pública.

Nació en Yavi, actual provincia de Jujuy. Allí fue bautizado a los seis días de su nacimiento el 15 de julio de 1777; hijo de Juan José Gervasio Campero y de María Ignacia Pérez de Uriondo.

Su nombre completo y títulos que ostentaba en sus bandos y proclamas eran: Juan José Fernández Campero Maturana del Barranco, Pérez de Uriondo, Her­nández de la Lanza, marqués del Valle de Tojo, vizconde de San Mateo. Estaba relacionado familiarmente con Francisco Pérez de Uriondo y Miguel Martín de Güemes con quienes, según las cartas que intercambiaban, mantenía una cordial v respetuosa relación de parentesco.

La Junta Provisional Gubernativa de 1810 logró su designación como diputado por Oran para que se radicara en Buenos Aires; aparentemente no se deseaba su permanencia en el Norte. Al mismo tiempo, desde Lima, en atención a su linaje, se le instaba a defender el orden tradicional, posiciones que le determinaron a mantener una prolongada indefinición en su accionar político.

Cuando las fuerzas patriotas fueron vencidas en Guaqui, Goyeneche le con­firió el nombramiento de jefe político y militar de Tarija, cargo del cual pidió su relevo poco tiempo después de haberlo asumido. Una vez aceptada su renuncia se incorporó a la vanguardia del ejército real que estaba bajo el comando de Pío Tristán. Cuando esta vanguardia llegó a Salta, Campero fue nombrado gobernador interino hasta que arribara la nueva autoridad designada por Goyeneche, posición le la cual fue depuesto por prisioneros políticos cuando conocieron el triunfo de los patriotas en la batalla de Salta (24 de septiembre de 1812)

En 1814 el gobierno de las Provincias Unidas del Rio de la Plata, encabezado por Gervasio Antonio de Posadas, le reconoció el grado de Coronel del Ejército Patriota, y le confió el mando del Regimiento de 1 de Voluntarios de Caballería de Tarija. Luego fue llamado a 1 fue promovido al grado de Coronel Mayor. En 1815 recaí: retornar a sus dominios bajo el compromiso de luchar en contribuir con su esfuerzo y fortuna a los empeños de la gran fue creado el Primer Regimiento Peruano que equipó y mantuvo a sus expensas con el cargo de Comandante General de la Puna. De esta manera se convirtió en uno de los  ejes de la estrategia del gobernador de Salta D. Martin de Güemes en la lucha contra de los realistas, estrategia que incluía a Tarija. De la jefatura bien participaba Uriondo. En la Puna el marqués montó y una de sables, para apoyar el movimiento de los patriotas.

Con sus tropas hostigó a los realistas. Sus compromisos dieron asistir al Congreso de Tucumán de 1816, donde debía estar presente en su condición de diputado electo por Chichas.

El fin de su vida pública tuvo lugar en Yavi en noviembre realistas, que respondían a Pedro Antonio de Olañeta le sorprendieron y apresaron cuando asistía a misa. Fue conducido a Tupiza y Po militar en Lima, donde fue llevado, le condenó a prisión y d de sus bienes.

En 1817, Fernando VII con motivo de su nuevo matrimonio promulgo un indulto a favor de quienes hubiesen repudiado su infidelidad; en consecuencia el marqués quedó en libertad, recuperó sus bienes y toda acción judicial resultó extinguida. Volvió a ostentar el título de marqués que había 3 la ley argentina aprobada por la Asamblea Constituyente en 1812.

La libertad que se le concedió a Campero no era plena porque se le impidió  volver a sus tierras, lo que le obligó a permanecer en Lima. Al año siguiente  Joaquín de la Pezuela, virrey del Perú, decidió exiliar a España a varias personalidades que habían apoyado a los patriotas entre ellos el marqués Campero. No iban en calidad de presos ni a ser sometidos a procesamientos de residir en la península; es así que se embarcó en el Callao para seguir a Panamá donde pasó más de un año, posiblemente esperaba el barco España.

El marqués Campero durante este viaje murió en Jamaica. Fue sepultado en Kingston el 28 de octubre de 1820.

Eustaquio Méndez

La figura prócer del movimiento guerrillero, don Eustaquio Méndez, nació en San Lorenzo (Tarija), el 20 de septiembre de 1784, fue hijo de Juan Méndez y María Arenas, españoles establecidos en Canasmoro, según dice la partida de bautismo que menciona su nombre simplemente como Eustaquio, pero sus biógrafos an­teponen el nombre de José, como pasó a la Historia.

Los primeros años de su juventud se dedicó a faenas agrícolas entre Carachi-mayo y Canasmoro. Su carácter alegre y expansivo le hacía sobresalir en las fiestas y reuniones. En una de sus andanzas había consumido mucho alcohol, regresó a su casa en busca de dinero que su padre se lo negó a tiempo de hacerle reflexiones por su embriaguez. José Eustaquio le dio un empellón con la mano derecha.

Al ir a tomar su caballo -dice Tomás O’Connor d’Arlach- se apoderó de su concien­cia siempre honrada, tal remordimiento por la criminal acción que acababa de eje­cutar con el autor de sus días, resolvió en su pena tomar el camino del Río de la Plata y para esto en lugar de enlazar su caballo enlazó una muía indómita, la cual al del pesebre echó a correr con furia. El lazo se enredó en el brazo de Méndez, que fue arrastrado hasta casi arrancarle la mano derecha, que, al desenredarse la cuerda quedó unida al brazo solo por una tira ensangrentada de la piel. Entonces Méndez, con una serenidad imperturbable y en presencia de las personas que acudieron en su auxilio, con la mano izquierda sacó de su cintura el agudo puñal y cortando con él la mano derecha la arrojó al campo exclamando con un acento de tristeza mez­clada con cólera: lejos de mí mano que empujaste a mi venerable padre. Desde ese día el paisanaje de San Lorenzo puso a Eustaquio el apodo de el moto con el que luego fue conocido en todo el territorio de Tarija, y con que el que pasó al dominio de la Historia.

De manera absolutamente equivocada circuló la versión, atribuida a Manuel María Urcullo, que Méndez era manco porque los españoles para sentar un pre­cedente, le cortaron la mano derecha.

El Moto Méndez, desde que se incorporó a la lucha por la emancipación, caracterizó por su bravura y hombría de bien. El historiador antes citado dice:

José Eustaquio Méndez fue una grande y honrosísima excepción entre los caudillo de la guerra de la independencia en el Alto Perú, por su magnanimidad y notoria acrisola honradez de él y de todas las tropas que servían bajo sus órdenes; pues está plenamente comprobado que en los lugares que éstos ocupaban, aún en horas que precedían o seguían a un combate y muchas veces a una victoria, respetaban pro­fundamente la vida y la propiedad de todos los vecinos, sin excepciones y sin distinción de colores políticos. Tenía pena de muerte el soldado de Méndez que tomara siquiera un pan sin pagarlo o cometiera cualquier violencia en los vecindarios  ocupados por sus armas. Y era tal su seriedad en este punto, que los más intransigentes realistas le hacían justicia y se creían y se hallaban realmente más seguros en sus vidas y propiedades y hasta en la emisión de sus opiniones políticas, cuando Méndez ocupaba la plaza, que cuando estaba ocupada por un jefe realista.

Cuando entraban a Tarija otros guerrilleros eran inevitables los abusos, los robos y las mayores tropelías y vejámenes ejercidos sobre todo con los realistas, menos en las entradas que hacía Méndez, en las que ni el más mínimo abuso se consentía todos, realistas y patriotas, eran igualmente respetados.

Es admirable, ciertamente, cómo en unos días de tan completo desorden y anarquía, de tanta exacerbación de odios, en que nada se respetaba y se cometían tantas vio­lencias por todas partes y en que, como dice un historiador, se adoptó por sistema c. exterminio, es admirable, repetimos, que un caudillo de la campaña, un gaucho s:r instrucción ni conocimientos como Méndez, salido de las apartadas praderas de San Lorenzo, del rincón de Carachimayo, mostrara tanta piedad y elevados sentimien­tos, tuviera un alma tan noble, grande y civilizada, mera un dechado de abnegación, de honradez y de valor e hiciera la guerra como prescribe el derecho de gentes, que él estaba muy lejos de conocer y que parece acataba por noble y natural instinto.

Belgrano que apreciaba los servicios de Eustaquio Méndez a la causa de la independencia, le envió de obsequio un sable y un uniforme militar. El Libertador Simón Bolívar, desde Chuquisaca, le hizo llegar el despacho de Coronel efectivo de los Ejércitos de la Patria.

Su actuación al lado del general Bernardo Trigo, su compadre, fue de gran importancia para la incorporación de Tarija a la República de Bolivia, que se hizo efectiva en 1826.

Cuando se encontraba retirado de la vida pública se produjo la declaratoria de guerra del gobierno argentino a la Confederación Perú-Boliviana y las tropas extranjeras incursionaron en territorio nacional en 1836, Méndez se incorporó a las fuerzas de Otto Felipe Brauny junto con el general Francisco Burdett O’Connor fue partícipe de las victorias de Iruya y Montenegro.

Sus días tras gloriosas actuaciones, tuvieron un fin trágico. En abril de 1848 los emigrados bolivianos en la Argentina, encabezados por el general José Miguel de Velasco, el general Sebastián Agreda y el coronel José Rosendi, ingresaron a Tarija en abierta rebelión en contra del gobierno del general Manuel Isidoro Belzu. El caudillo chapaco organizó un contingente de 150 hombres en San Lorenzo para la defensa del régimen constituido, pero sus fuerzas fueron sorprendidas y tuvieron que retirarse. Méndez recibió un balazo en el pulmón, que había sido disparado por el jefe cochabambino Rosendi, mortalmente herido fue conducido al edificio del Cabildo en calidad de prisionero.

La esposa del general O’Connor, doña Francisca Ruyloba de O’Connor, hizo persistentes gestiones para que el héroe fuera llevado a su residencia con el fin de ser atendido. Logró que se diera curso a este pedido pero pocas horas más tarde, antes de ser trasladado a la casa de la ilustre matrona, murió en la tarde del 4 de mayo de 1848, después de haber recibido los sacramentos de la religión Católica.

La muerte de Eustaquio Méndez conmovió profundamente a la colectividad tarijeña y empezó una veneración a su memoria que se prolonga a través de los años.

José María Avilés

Su nombre figura entre los destacados caudillos de la región. Nació en Tojo, jurisdicción de Tarija en 1784. Participó de los principales hechos de armas que protagonizaron los guerrilleros chapacos particularmente en Padcaya, Concep­ción, Salinas y Tojo.

Brindó al general Gregorio Aráoz de La Madrid un vigoroso apoyo cuando tuvo lugar la batalla de La Tablada, ocasión en la que ostentaba el grado de te­niente coronel. Cuando el jefe argentino marchó a Chuquisaca, Aviles quedó en Tarija para sostener la causa de la patria.

Durante la vida republicana prestó importantes servicios a la naciente Bolivia. En el gobierno del Mariscal Sucre fue ascendido a coronel. Se distinguió por su valor, patriotismo y lealtad.

Santa Cruz le confirió el grado de general de brigada y al mando del batallón Primero, concurrió a la campaña en el Perú. Murió en Lima en 1838 aparente­mente envenenando en lides amorosas. Su nombre había circulado como posible sucesor del Mariscal de Zepita en la presidencia de Bolivia.

Tomás O’Connor d’Arlach dice: “Ejemplos inmortales de acendrado patrio­tismo son los que a los tarijeños nos han legado Méndez, Rojas y Avilés de cuyos hechos y de cuyos nombres históricamente gloriosos, tenemos razón de sentirnos orgullosos los que hemos nacido en el país en el que esos héroes nacieron.

El general Gregorio Aráoz de La Madrid

Nació en Tucumán el 28 de noviembre de 1795, a los 16 años de edad inició su carrera en el arma de caballería. Se destacó como figura militar importante en la lucha por la independencia, participó en numerosas acciones en el Norte argen­tino y en las incursiones de los ejércitos auxiliares. Estuvo en la segunda batalla de Suipacha a órdenes del coronel Eustaquio Díaz Vélez. Actuó en las batallas de Tucumán y Salta bajo el comando de Belgrano, de quien fue su ayudante.

Cuando San Martín se hizo cargo del Ejército del Norte le nombró su edecán.

La Madrid sirvió a órdenes de Rondeau y con él sufrió la derrota de Sipe Sipe. Este jefe le envió desde Moraya hacia Cinti de donde pasó a Culpina y luego a Tarija con el fin de reorganizar una fuerza y hostilizar al enemigo.

Cuando Juan Francisco de Borges se levantó en contra del tarijeño Gabino Ibáñez, gobernador de Santiago del Estero, Belgrano le encomendó la misión de sofocar el movimiento subversivo que concluyó con el fusilamiento del rebelde el 27 de diciembre de 1816, acción que le fue reconocida por el gobierno nacional con un escudo que llevaba la leyenda: Honor a la restauración del orden.

La acción de mayor gloria fue el triunfo en los campos de La Tablada el de abril de 1817, razón por la cual La Madrid está reconocido entre las figuras destacadas de la historia de Tarija.

Durante la vida republicana de su país tuvo activa presencia en diferente acciones en apoyo al general Justo José de Urquiza que en la batalla de Caseros el 3 de febrero de 1852, dio fin con la dictadura de Juan Manuel de Rosas. Concluyó su vida militar con el grado de general. Falleció en Buenos Aires el 6 de enero de 1857.

De Gregorio Aráoz de La Madrid se ha dicho que era impetuoso, caballeresco impertérrito que llevaba en el pecho el corazón de su raza con todos los atributos prístinos el coraje, la sencillez, la lealtad.

Manuel Rojas

Uno de los guerrilleros más audaces fue Manuel Rojas quien nació en Tarija en los últimos años del siglo XVIII, era conocido como Rojitas por su juventud y para distinguirle de su célebre tío el caudillo Ramón Rojas. Tomás O’Connor d’Arlach dice de él:

Don Manuel Rojas, era un hombre inteligente, de fácil palabra, simpático y de gallardo continente. Era rápido en sus movimientos y de un valor y de una audacia a toda prueba. Sin embargo, la piedad y la gratitud que tanto distinguieron a su tío y al noble Méndez, no eran cualidades que le adornaban. Las disposiciones militares de este joven guerrero sobresalían particularmente en la rapidez extraordinaria con que ejecutaba las más delicadas comisiones que le confiaban sus superiores y el acierto con que después, siendo ya jefe de montoneros, ejecutaba sus medidas y sus ataques al enemigo.

Estuvo en los combates de Padcaya, Orozas, Cuyambuyo y Yesera en los cuales la suerte se mostró esquiva a los patriotas. Ocupó varias veces la villa de San Bernardo de Tarija con una infatigable actividad que mantenía en vilo a las autoridades realistas hasta que las fuerzas españolas le dieron muerte en 1821.

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